Reparto de suministros.

Sulima se levantó pronto como cada mañana.

Todavía tenía que hacer sus tareas antes de ir al cole.

Cambió de escuela hace un par de meses, cuando una andanada de morteros redujo el colegio y a catorce niños de un curso inferior que jugaban en el patio a una amalgama de escombros y vísceras.

Ha tenido suerte, la leche en polvo que a veces cae del cielo todavía durará un par de días más. Apura hasta el fondo la taza metálica de campaña y la deja sobre la mesa,total, no hay agua para lavarla desde ayer por la mañana y según sus cálculos, el camión cisterna no pasará hasta el viernes.

Fuera, es difícil caminar por las calles sitiadas… Barricadas, tanques patrullando,puestos de control,francotiradores… Hay que caminar cerca de las paredes y mirar de vez en cuando al cielo por si se divisa, planeando, la silueta del bombardero.

Pero nada de ésto amedrenta a Sulima.

Camina deprisa para cruzar el parque. Todavía es temprano y el Sol no acaba de abrirse paso entre las nubes y las columnas de humo que brotan aquí y allí de los cascotes de casas derruidas.

En la puerta de salida del parque hay una pareja de soldados de patrulla, Sulima se sonríe.

Se va acercando hacia ellos con paso tranquilo, cuando ya casi esta a su altura, los soldados se dicen algo bajito entre ellos y le dan el alto a sulima.

-“¡Alto niña!, queremos hablar contigo.” – Llamó el mas alto de los dos.

-“¿Tú eres la niña que va repartiendo abrazos por la ciudad,verdad?¨

-“Si, soy yo.” contestó humilde,Sulima.

-” Y ¿Te importaría…?” pidió el soldado más bajo.

Sulima sonrió abiertamente y abrazó cálida y afectuosa a los dos soldados. Enseguida se unió un francotirador, el cual estaba apostado en la azotea de enfrente y que no se había perdido detalle de lo sucedido gracias a su potente visor telescópico.

Los soldados de una barricada cercana también se iban acercando,tímidos y nerviosos a por su ración de afecto. Poco después vinieron dos sanitarios.

Y es que Sulima, la niña que iba abrazando a los soldados por las calles de aquel infierno sitiado se había vuelto muy popular entre los jóvenes militares, quienes veían en ella el reparto del suministro más escaso y preciado en una guerra, aquel alimento para el alma que nunca está en sus raciones de combate.

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Ganado

Vomito letanías de alabanza a vuestra destrucción

y sonrio al viento que trae el olor de humo y cenizas

de vuestras casas quemadas

Desrizo el rizo en crimen imperfecto

No dudaré en tirar de la cuerda que asfixiará vuestro gaznate

Os odio a todos,bastardos

sanguijuelas satisfechas que admiran su ombligo mientras prostituyen su alma

en despachos y campos de golf

Ganado marcado,eso somos para vosotros,

reses hipnotizadas ante una plantalla plana

y engordados por conservantes,colorantes y mierda

Atemorizados por vuestros perros pastores

que cambiaron la conciencia por unos huesos resecos

y que a vuestra orden marcarán con sus dientes nuestro calcañar

No os interesan nuestros balidos suplicantes

ni el olor de la incertidumbre,del miedo

que seguro algún dia habeís de conocer

Y os llamaís pastores,lideres…

Sólo quereis ordeñar las míseras ubres de nuestra vida

y beberóslo todo

Quemar hasta la última brizna de hierba libre,

comeros a nuestras crias mientras aun esten tiernas

Sois la sal de nuestros pastos.

Cuidaos pastorcitos, las ovejas estamos aprendiendo a morder.

Flores secas

Te ofrecí un hueco en mi pobre jardín de flores secas y tierra agrietada pero tú, sólo querías jugar con las semillas.

Bailamos desnudos entre cristales y alacranes,riendonos como dioses borrachos de mirada turbia.

A salvo de todo,excepto de nosotros mismos.

Amor de paso, de vertedero y escombrera,de ceniceros repletos y gomas amontonadas como orugas.

Pero amor pese a todo y pese a todos.

Cuando salga el sol contaminado,tus ojeras me servirán de desayuno, tu risa cansada mientras te vistes será mi consuelo.

Entonces,darà igual que la luz ilumine tus cicatrices y yo quiera lamerlas de nuevo, dará lo mismo que te diga adiós o no, te irás y cerrarás la puerta.

Y una colilla casi apagada,humearà en el suelo un hasta nunca.

Me siento feliz

Me siento feliz.

Con mis desvelos y mis fantasmas

Con mi ilusión mileurista y los cómodos plazos del banco.

Feliz con mi enfisema y con mi coche usado.

Feliz con mis niños de colegio público y ropa heredada

Feliz con mi mujer en bata y con mi “Ponme un café, luego te lo pago”

Feliz con mi grifo que gotea y con mi seguro medico barato.

Me siento feliz.

De que mis hijos puedan jugar sin temor a pisar una mina q

De poder tirar hoy la pizza que anoche sobraba

De que el estruendo de la calle sean las obras públicas a las nueve de la mañana

y no un obús de mortero que viene a destruir mi casa.

Feliz sin brigadas por las calles y sin que unos toques en la puerta congelen a la familia que está cenando.

Como si fueran un fotograma

Me siento feliz de poder traspasar con mi perro las alambradas, que hoy solo cierran parques.

” Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad”

Nota del autor : El texto entrecomillado pertenece a la canción Pequeña serenata diurna del gran compositor cubano Silvio Rodriguez.

Hoy no voy a escribir

No quería escribir…me lo repetí una y mil veces.

Olvidé mi libreta y mi bolígrafo, dejé mi portátil sin batería. Hoy no voy a caer,hoy no…

Llevo un rato mirando la televisión apagada, inútil y carente de vida y me  he servído una copa.

El silencio me abraza  y las palabras permanecen serenas en mi interior.

Mejor así,total hoy no voy a escribir.

El gato se escabulle debajo del sofá, tal vez para siempre y me deja solo.

Los niños duermen  tranquilos sin  monstruos  que perturben su sueño de caramelo y saliva en la almohada.

La vecina llora quedamente,los golpes terminaron hace rato y el saco de mierda que vive con ella ronca como el cerdo que es.

Apenas luz en la calle y dos adolescentes corren apresurados a casa tras devorarse torpemente en un parque otoñal y desierto.

Nadie dice nada, nada dice nada,me voy a dormir… Hoy no voy a escribir.

El negro Matías

Hacia calor todavía, un calor pegajoso como los mangos maduros, un calor tropical.

El negro Matías entró en su casa, poco más que un pequeño habitaculo con una habitación multiuso (dormitorio y salón con una pequeña cocina de gas sobre una desvencijada mesa) y un baño exterior a compartir con el vecino de escalera en un bloque de departamentos de construcción oficial y solidaria de los primeros tiempos de la revolución.

Echó agua en una jofaina,mojó un paño y se lo pasó por el cuerpo sudado y polvoriento del cañaveral. El agua no alcanzaba para ducharse.

Le dolian los brazos y la espalda. Había estado macheteando caña todo el día, para recibir el escaso salario fijado por el gobierno. Pero eso ahora no importaba.

Matías también era tamborero, y de los buenos. Ese era su verdadero yo, su vida, su fe.

Acostumbraba a tocar en fiestas de Oricha, religión primitiva y animista que trajeron consigo los esclavos africanos de la etnia Yoruba llegados a Cuba en el siglo XVII y que pervivió disfrazandose y mezclandose con los santos catolicos que los conquistadores blancos les imponian a a latigo y muerte, dando lugar a la mezcla religiosa entre las dos creencias que en Cuba y el resto del mundo se conoce como santeria.

Y mañana Matias iba a tocar a Changó, uno de los orichas mas importantes de todo el panteón yoruba.

Este oricha es el dios del rayo y cuentan de él que cambió el poder de la adivinación por un tambor…También dicen que cuando está tronando es Changó que está tocando en los cielos.

El negro Matias desde siempre había tenido un tambor Añá en sus manos.

Los tambores Añá son los tambores sagrados con los que desde tiempos inmemoriables se han tocado compases y ritmos secretos para que los dioses bajen a la tierra.

Su padre fué tamborero y él mismo se hizo la ceremonia del tambor siendo solo un crio,pero claro…Las viejas santeras decian de él que el niño estaba “tocao”,porque con habilidad pasmosa, sus dedos golpeaban ritmicamente en el culo de cualquier viejo cubo los toques sagrados oidos a su padre, tamborero muy respetado en toda la Habana Vieja.

Desde muy joven Matias había ido por toda la provincia acompañando a su padre y a un viejo amigo de éste a tocar a las fiestas de santo.

Podía ser un cumpleaños del orisha a quien su devoto le regalaba una fiesta con su musica y su comida favorita, o bien una ceremonia de asiento donde el recien iniciado (Yawó) expresa su deseo de dedicarse al sacerdocio de un orisha determinado .

En todas estas fiestas están presentes los tambores.

Estas fiestas se suelen celebrar en viejas casas coloniales con patio, donde las puertas están abiertas a los invitados y la comunidad vecinal próxima.

Dejando aparte los ritos religiosos, que sí se suelen hacer en habitaciones reservadas, el resto de casa es un trasiego incansable de gente… Invitados del barrio y amigos, santeros respetados y ancianas santeras venerables, padrinos, ahijados, musicos…

La música es la lengua de los dioses. Por ella bajan a la tierra y por ella poseen a los tocados por esta gracia, que inmersos en su trance y libres en esos momentos de su condición humana, dan rienda suelta a unos bailes tan freneticos que los asistententes no albergan ninguna duda de que el santo “le ha bajao”.

A la mañana siguiente, Matias vestido de blanco impoluto, cojió su Iya, el mayor de los tambores Añá y fue a casa de sus dos compañeros de tambor, los cuales tocarían el Itotelé y el Okolonko, tambores mediano y pequeño respectivamente.

Cuando llegaron, tras recibir las atenciones del anfitrión que organizaba la fiesta del cumpleaños del Santo, éste les indica que ya pueden pasar a tocar al trono.

El “trono” es una tremenda montaña de manzanas rojas y bananas, pasteles y botellas de ron puestas en honor al orisha Changó.

Comenzó el toque. Un santero mayor comenzó a cantar un canto ancestral,en lengua yoruba alabando y llamando al rey del rayo .

Casi inmediatamente, el negro Matias repiqueteó los dedos contra el parche del tambor.Todas las campanillas que cuelgan en el aro tintinearon.

El ritmo se va imponiendo, el tambor Iyá va marcando un paso firme y rapido, mientras el tambor medio le sigue y el Okolonko, el pequeño del grupo, juega divertido con contratiempos contestones.

A los asistentes a la fiesta, los pies se les empiezan a mover, poco a poco, les sigue el resto del cuerpo. Las caderas de las jovenes Iyawos (iniciadas) se contonean ritmicamente mientras una amplia sonrisa se dibuja en sus rostros color canela o café, herencia clara y orgullosa de sus raices africanas.

Todos bailan, santeros y vecinos todos van dejando que la cadencia polirítmica de los tambores se adueñe de sus pasos, y el patio es un hervidero de gente bailando en honor al santo.

Como bien dicen los cubanos “Todo se puede bailar”.

Un atlético devoto de Changó se adelanta a grandes zancadas hasta el centro del patio, pisoteando cada vez mas frenético el suelo de tierra batida.

El negro Matias lo ve, el negro Matias lo siente .

Curtido en mil tamboradas y consagrado en el tambor Aña, Matias es capaz de percibir la energia de los dioses.

Acelera un poco el toque mientras el santero mayor que canta, cambia el registro de voz por un tono mas grave y gutural. Están llamando a Changó, el rey de los rayos, de los tambores…

El improvisado bailarín va marcando unos pasos cada vez más energicos, rebosa vitalidad, energía,virilidad… Y de pronto, sucede.

Las comisuras de los labios se le estiran hasta formar una sonrisa demente, y sus ojos, viran hacia arriba y hacia atrás,dejando ver solamente un blanco lechoso sujeto a las cuencas.

Alarga la mano y coge una botella de ron y comienza a beber a largos tragos, con una avidez de siglos. Sin perder el ritmo,sus brazos se tensan en una danza guerrera y bracean al aire descargando golpes con la fiereza del rey que jamás conoció derrota.

A cada pisotón, levanta nubes del polvo del suelo y de su boca surge una carcajada que estremeció los corazones de los asistentes y las paredes del patio.

“Le ha montao -dice una santera- Changó le ha montao”.

El “caballo” del santo aun se rie y todavia mantiene la botella de ron en la mano. A grandes tragos toma ron que luego escupe con fuerza sobre los asistentes, mientras hace gestos para que se le acerque el resto de la concurrencia.

Todos se agolpan alrededor de él, deseosos de ser rociados con ese ron bendecido y poder tocar al santo que ha bajado del cielo para poseer ese cuerpo y divertirse en esa fiesta dedicada a él.

Tras un buen rato, el caballo del orisha se fatiga. Ralentiza el baile hasta que el santo le da permiso para descansar y cae al suelo inconsciente.

Las santeras viejas sabe lo que hay que hacer. Un pequeño grupo lo saca del patio y lo llevan a una habitación para que las ancianas iyalochas lo atiendan.

Los tambores siguen tocando. El resto de la multitud continuará la fiesta hasta bien entrada la tarde.

Comen, beben, bailan y disfrutan de la fiesta del orisha contentos de aunque sólo sea por un dia, olvidarse de todo…

De la presión politica, de las cartillas de racionamiento, de la escasez de recursos, de la falta de trabajo…de todo.

Están contentos y felices sabiendo que pese a sus problemas y pobreza, hoy han conseguido tocar a un dios.

Dolores cotidianos

Amanezco con un café en la mano y un golpe de estado en Turquia.

Rebusco en el cajón de los calcetines a ver si encuentro dos emparejados.

Entro al baño y me siento en la taza. Enciendo un cigarro y el humo me dice que todavia no se ha alcanzado pacto de gobierno.

Tiro de la cadena.

Mientras ataco un filete bastante crudo el hombre al que tengo dentro de una caja enmedio del comedor, me cuenta que un improvisado carnicero intenta descuartizar a los pasajeros de un tren en Alemania.

No quiero postre.

La vecina del tercero B ha perdido el pelo y cubre su quimioterapia con un pañuelo rosa.

Mientras la veo pasear al perro desde el balcón, me apena un poco saber que no verá el otoño.

Apago la luz y me meto en la cama.

Versos nocturnos

Versos nocturnos rondan la mesa repleta de papeles.

Nocturnos, alevosos, ocultos, casi imperceptibles…

Pero yo los siento,Dios, como los siento.

Los siento como hormigas expedicionarias sobre mi piel desnuda

Casi puedo verlos ahí, livianos y volanderos, mosquitos alrededor del candil.

Son presencia, inquietud, locura

Ojillos acechantes tras las oscuras ventanas, criaturas desveladoras,

son susurros, corrientes de aire que cierran puertas, llaves que se pierden…

Son-risitas infantiles en oscuros pasillos.

Son tan solo versos nocturnos, los hijos oscuros de mi mente enferma…

O eso espero.